El 94% de
los chilenos que tiene acceso a Internet usa redes sociales. A ese dato
podemos agregar que dos tercios de los chilenos entre 18 y 29 años se
conectan diariamente a Facebook. Del mismo modo, sabemos que los
internautas destinan el doble de tiempo a usar redes sociales con
respecto al tiempo que destinan para leer sus e-mails. A la hora de
informarse, las personas confían más en sus redes de contactos que en
los medios tradicionales [1].
Las
antiguas “audiencias” se han transformado en “usuarios empoderados” que
han modificado la estructura tradicional de los medios de información.
Esto presenta beneficios y amenazas para la profesión de periodista,
para la configuración de las empresas informativas y para la cultura de
la información en que todo esto ocurre (Puente y Grassau, 2011).
Si
tuviéramos que pasar revista a los beneficios, estos saltan a la vista:
las redes informan, fomentan el diálogo, son ejes del manejo de crisis,
movilizan a los ciudadanos, miden la opinión pública, entregan golpes
periodísticos, permiten acceso a gran cantidad de fuentes, son un
buscador de opiniones online y masifican la información de formas
impensables según los cánones del siglo XX. En el fondo, son un nuevo
instrumento narrativo.
Pero también acarrean peligros y amenazas.
La
información y los rumores corren más rápido en las redes, en este
sentido, la desinformación demora más en corregirse en las redes.
En
las redes sociales cada palabra cuenta. Mientras uno habla, Google,
Twitter y Facebook gritan. Cuando las redes sociales convocan a una
protesta, esta puede cambiar el destino de un gobierno. Ya lo saben bien
Sebastián Piñera y Ximena Ossandón. El primero telefoneó a una empresa
extranjera para frenar una termoeléctrica, la segunda perdió su pega por
hablar de más.
Y todo por las redes sociales.
Los
rumores o la información no confirmada que corre por la red es otro
punto interesante. Los periodistas chilenos son bastante cuidados al
revelar información y tratan de no ser cazados ni casarse con chismes o
comentarios de pasillos.
En
Twitter ocurre algo similar, toda vez que se evidencia un fenómeno
según el cual la información online ya no se mide por su rigor y
transparencia, sino por el cumplimiento de ciertos parámetros estéticos.
Aquí aparece el nuevo rol que han tomado el sarcasmo y la violencia.
Los
periodistas chilenos navegan entre los trolls que les critican todo lo
que dicen y los groupies que les celebran y felicitan cada uno de sus
tweets.
La
falta de equilibrio impide que se desarrolle una labor de información o
de liderazgo en la opinión. Lo que puede estar incubándose es una
crisis de legitimidad de los modelos tradicionales de información y su
reemplazo por otros nuevos.
Eso
tiene un lado amable en todas las ventajas y beneficios que enumeramos
más arriba, pero también tiene un lado oscuro y preocupante.
Todos
somos parte de las redes sociales, es un imperativo de nuestros
tiempos. Probablemente seamos lo más cercano a la plenitud de la
comunicación, con todos los resguardos que Luhmann (2000) pudiese hacer a
eso. No hay que olvidar que la carrera por conectar a todos los seres
humanos empezó con más fuerza durante la revolución industrial.
Toda
la modernidad está cruzada por ese ideal: la comunicación plena, la
información inmediata, la conexión universal (Bauman, 2007). El
problema es que, como sucede con cada innovación mediática, corre el
peligro de volverse un fetiche, y como tal, confinarnos más en nuestro
rol de espectadores impotentes y avasallados de una realidad escrita por
otros.
En el fondo, allí donde se promete información y comunidad puede surgir indiferencia y rumores.
En
Chile no hay un rol de periodista en redes sociales. Se camuflan en el
inmenso océano de cada timeline. Tampoco reportean ni piden datos.
Algunos, los menos, usan los hashtags o los RT con frecuencia. Se
observa poca prolijidad, en general, en el uso de las fotos y de la
biografía.
Muchos
no dicen en qué revistas, periódicos, radios o canales trabajan, asunto
cuestionable desde el punto de vista de la transparencia. Se da mucho
el intercambio entre colegas, pero no dejan que la comunidad online
participe de esos debates.
Es decir, los periodistas chilenos tienden a ignorar las opiniones de la gente.
Paralelamente,
la información y los rumores corren a velocidades superiores a las que
puede funcionar cualquier oficina editorial bien “dateada”. Del mismo
modo, la desinformación demora más en corregirse en las redes.
Allí es donde el rol de los periodistas profesionales se vuelve clave como sujetos privilegiados ante la opinión pública.
El
periodista tiene una responsabilidad hacia la información que corre por
las redes, él se debe a ese público que está en ascuas preguntándose si
renunció o no el ministro de Educación, por ejemplo. Pero los
periodistas chilenos no entienden eso.
Una
dinámica de “precarización de la información” amenaza al periodismo en
las redes sociales. Los periodistas profesionales no pueden ser meros
espectadores de ese fenómeno.
Fuente: Ballotage
[1]
Los datos presentados en este párrafo fueron extraídos del Estudio
ComScore: Estado de Internet en Chile, 2011, y la Encuesta
Feedback-Periodismo UDP: Jóvenes y Participación, 2011.
Referencias:
Bauman, Zygmunt (1999). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Luhmann, Niklas (2000). La realidad de los medios de masas. Barcelona: Anthropos.
Puente,
Soledad y Daniela Grassau (2011). “Periodismo ciudadano: dos términos
contradictorios. La experiencia chilena según sus protagonistas”.
Palabra Clave, vol. 14, nº1.
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