domingo, 16 de septiembre de 2012

Las Redes Sociales y la Nueva Información

El 94% de los chilenos que tiene acceso a Internet usa redes sociales. A ese dato podemos agregar que dos tercios de los chilenos entre 18 y 29 años se conectan diariamente a Facebook. Del mismo modo, sabemos que los internautas destinan el doble de tiempo a usar redes sociales con respecto al tiempo que destinan para leer sus e-mails. A la hora de informarse, las personas confían más en sus redes de contactos que en los medios tradicionales [1].
Las antiguas “audiencias” se han transformado en “usuarios empoderados” que han modificado la estructura tradicional de los medios de información. Esto presenta beneficios y amenazas para la profesión de periodista, para la configuración de las empresas informativas y para la cultura de la información en que todo esto ocurre (Puente y Grassau, 2011).
Si tuviéramos que pasar revista a los beneficios, estos saltan a la vista: las redes informan, fomentan el diálogo, son ejes del manejo de crisis, movilizan a los ciudadanos, miden la opinión pública, entregan golpes periodísticos, permiten acceso a gran cantidad de fuentes, son un buscador de opiniones online y masifican la información de formas impensables según los cánones del siglo XX. En el fondo, son un nuevo instrumento narrativo.
Pero también acarrean peligros y amenazas.
La información y los rumores corren más rápido en las redes, en este sentido, la desinformación demora más en corregirse en las redes.
En las redes sociales cada palabra cuenta. Mientras uno habla, Google, Twitter y Facebook gritan. Cuando las redes sociales convocan a una protesta, esta puede cambiar el destino de un gobierno. Ya lo saben bien Sebastián Piñera y Ximena Ossandón. El primero telefoneó a una empresa extranjera para frenar una termoeléctrica, la segunda perdió su pega por hablar de más.
Y todo por las redes sociales.
Los rumores o la información no confirmada que corre por la red es otro punto interesante. Los periodistas chilenos son bastante cuidados al revelar información y tratan de no ser cazados ni casarse con chismes o comentarios de pasillos.
En Twitter ocurre algo similar, toda vez que se evidencia un fenómeno según el cual la información online ya no se mide por su rigor y transparencia, sino por el cumplimiento de ciertos parámetros estéticos. Aquí aparece el nuevo rol que han tomado el sarcasmo y la violencia.
Los periodistas chilenos navegan entre los trolls que les critican todo lo que dicen y los groupies que les celebran y felicitan cada uno de sus tweets.
La falta de equilibrio impide que se desarrolle una labor de información o de liderazgo en la opinión. Lo que puede estar incubándose es una crisis de legitimidad de los modelos tradicionales de información y su reemplazo por otros nuevos.
Eso tiene un lado amable en todas las ventajas y beneficios que enumeramos más arriba, pero también tiene un lado oscuro y preocupante.  
Todos somos parte de las redes sociales, es un imperativo de nuestros tiempos. Probablemente seamos lo más cercano a la plenitud de la comunicación, con todos los resguardos que Luhmann (2000) pudiese hacer a eso. No hay que olvidar que la carrera por conectar a todos los seres humanos empezó con más fuerza durante la revolución industrial.
Toda la modernidad está cruzada por ese ideal: la comunicación plena, la información inmediata, la conexión universal (Bauman, 2007).  El problema es que, como sucede con cada innovación mediática, corre el peligro de volverse un fetiche, y como tal, confinarnos más en nuestro rol de espectadores impotentes y avasallados de una realidad escrita por otros.
En el fondo, allí donde se promete información y comunidad puede surgir indiferencia y rumores.
En Chile no hay un rol de periodista en redes sociales. Se camuflan en el inmenso océano de cada timeline. Tampoco reportean ni piden datos. Algunos, los menos, usan los hashtags o los RT con frecuencia. Se observa poca prolijidad, en general, en el uso de las fotos y de la biografía.
Muchos no dicen en qué revistas, periódicos, radios o canales trabajan, asunto cuestionable desde el punto de vista de la transparencia. Se da mucho el intercambio entre colegas, pero no dejan que la comunidad online participe de esos debates.
Es decir, los periodistas chilenos tienden a ignorar las opiniones de la gente.
Paralelamente, la información y los rumores corren a velocidades superiores a las que puede funcionar cualquier oficina editorial bien “dateada”. Del mismo modo,  la desinformación demora más en corregirse en las redes.
Allí es donde el rol de los periodistas profesionales se vuelve clave como sujetos privilegiados ante la opinión pública.
El periodista tiene una responsabilidad hacia la información que corre por las redes, él se debe a ese público que está en ascuas preguntándose si renunció o no el ministro de Educación, por ejemplo. Pero los periodistas chilenos no entienden eso.
Una dinámica de “precarización de la información” amenaza al periodismo en las redes sociales. Los periodistas profesionales no pueden ser meros espectadores de ese fenómeno.
Fuente: Ballotage
[1] Los datos presentados en este párrafo fueron extraídos del Estudio ComScore: Estado de Internet en Chile, 2011, y la Encuesta Feedback-Periodismo UDP: Jóvenes y Participación, 2011.
Referencias:
Bauman, Zygmunt (1999). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Luhmann, Niklas (2000). La realidad de los medios de masas. Barcelona: Anthropos.
Puente, Soledad y Daniela Grassau (2011). “Periodismo ciudadano: dos términos contradictorios. La experiencia chilena según sus protagonistas”. Palabra Clave, vol. 14, nº1.

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